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El canciller argentino, Pablo Quirno, acudió a la convocatoria del presidente de los EEUU, Donald Trump, para analizar la cuestión de las “tierras raras”, la intrigante materia que tendremos que aprender. Lo que más se menciona es la preocupación de Trump por el liderazgo chino en la materia. Pero esa es solo la punta del iceberg. Por debajo hay un gigante sumergido que estremece, diría Zitarrosa. Y más allá del juego de palabras, las tierras raras tienen que ver con…la tierra.
La transición energética y la modernización del agro tienen un punto de contacto que casi nunca aparece en el debate público. No es la tierra, ni el agua, ni el clima. Son un grupo de metales poco conocidos, invisibles para el consumidor final, pero absolutamente indispensables para que funcione el mundo que viene.
Sin tierras raras no hay aerogeneradores eficientes, ni autos eléctricos competitivos, ni electrónica moderna. Tampoco agricultura de precisión a escala, porque los sensores, los drones, las pantallas, los sistemas de dosificación variable y buena parte de la maquinaria inteligente dependen de imanes permanentes y componentes electrónicos fabricados con estos elementos. El agro usa poco volumen, pero los necesita todos.
Entre ellos hay algunos nombres propios que concentran el poder real. El neodimio es el más conocido porque está en el corazón de los imanes de alta potencia que mueven molinos eólicos, motores eléctricos y equipos agrícolas cada vez más electrificados. El disprosio es todavía más crítico, porque permite que esos imanes funcionen a altas temperaturas sin perder rendimiento. Praseodimio y terbio completan la fórmula y ayudan a reducir la dependencia del disprosio, que es uno de los metales más escasos del planeta. Otros, como lantano y cerio, son más abundantes y se usan en catalizadores, tratamiento de aguas y aplicaciones emergentes en fertilización y manejo ambiental. El europio, mucho más raro, es clave para pantallas, sensores ópticos y cámaras multiespectrales, sin las cuales no existiría la agricultura digital.
El problema es que producir tierras raras no es sencillo. No porque no existan en la naturaleza, sino porque separarlas es caro, complejo y ambientalmente delicado. Esa barrera explica por qué hoy más del sesenta por ciento de la producción mundial está concentrada en China, que entendió hace décadas que controlar estos metales equivalía a controlar el futuro tecnológico. Estados Unidos y Europa corren de atrás y buscan proveedores alternativos. Y ahí es donde aparece una pregunta incómoda, pero inevitable: ¿qué lugar puede ocupar Argentina en este tablero?
Argentina no es hoy un productor relevante de tierras raras, pero tampoco es un desierto geológico. Hay indicios concretos en las Sierras Pampeanas, en provincias como Córdoba, San Luis y La Rioja, donde aparecen minerales asociados a lantano, cerio y neodimio. En la Patagonia, especialmente en Chubut y Río Negro, existen arenas pesadas y sistemas vinculados a intrusivos alcalinos con potencial en itrio y tierras raras pesadas, que son las más valiosas. En el Noroeste, en Salta y Jujuy, el potencial está menos explorado, pero el contexto geológico es favorable. El límite, por ahora, no es la roca sino la economía, la tecnología y la estabilidad para invertir en procesos largos y costosos.
¿Por qué debería importarle esto al agro? Porque el campo del futuro no solo va a depender del clima o de los precios internacionales, sino de su acceso a insumos estratégicos. Sin tierras raras no hay electrificación eficiente del parque de maquinaria, no hay sensores baratos, no hay digitalización masiva ni salto de productividad sustentable. El agro argentino suele pensarse como usuario de tecnología importada, pero el mundo que viene exige algo más: integrarse a las cadenas de valor donde se definen los insumos críticos.
La transición energética no se juega solo en paneles solares, molinos de viento o biocombustibles. Se juega en minas discretas, plantas químicas complejas y decisiones políticas que miren más allá del ciclo electoral. En ese tablero, las tierras raras son el nuevo petróleo, pero sin épica y sin chimeneas.
El desafío está planteado. Argentina todavía está a tiempo de decidir si quiere ser apenas consumidora de tecnología estratégica o si puede aspirar a ser parte, aunque sea en escala selectiva, de la nueva geopolítica de los metales críticos. Porque el agro moderno y la energía limpia no dependen solo del sol, el viento, la fertilidad del suelo y el conocimiento agronómico . Dependen, cada vez más, de un puñado de metales invisibles que hoy valen más por su ausencia que por su abundancia.
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